Siempre he tenido la sensación de saber algo sin tener ninguna certeza de ello. Saber sin recordar lo que sabes… como en los sueños: haces un viaje pero luego, al despertar, todo es borroso, no recuerdas exactamente dónde estuviste, solo queda un vago recuerdo, una sensación de cómo te has sentido, como si se te quedara pegada en la piel.
Puede que la llave que nos lleva a Wonderland sea un poco esto: un recuerdo, una clave que no aciertas a esgrimir, un destello de algo que conoces bien pero que no alcanzas a tocar. Y no es casualidad, llave y clave son la misma cosa. Lo que persigues como una clave se abre, al final, como una llave.
Y en esa intuición, en esa sensación, está la clave. Si la reconoces, si crees haberla encontrado, aférrate a ella, no la dejes marchar. Porque sin la llave el mundo se vuelve más gris, más plano, más real…
Puede que desde siempre hayamos sido dueños de la nuestra, pero que con el paso del tiempo la olvidamos, dejamos de verla. Nos distraemos con cosas nimias, con lo urgente, con lo que parece importante. Y un día dejamos de escuchar esa voz que antes nos guiaba, la que nos decía por dónde seguir o cuándo esperar.
Como Alice, dejémonos caer
— una caída, una aventura, una búsqueda —
y volvamos a ese lugar íntimo
donde aún resuena la infancia
y lo imposible vuelve a ser posible.
Aran Luca de Tena
Si has reconocido
la llave, sigue.
Wonderland te espera entera — el cuento, los destellos, los seis umbrales. Empieza por donde quieras.