Esto escuchaba de la voz de mi madre cada noche.
Su eco ahuyentaba los miedos, la oscuridad, la soledad. Y así cada noche podía soñar de su mano, de la mano de mi ángel.
Supongo que los libros siempre han sido parte de mi mundo. Los renglones torcidos de Dios, Pepa Niebla, Los hijos de la lluvia… todos estaban en la estantería del salón, descansando, mirándome, esperándome.
Los veranos eran nuestro momento, momento de lectura, de sosiego, de belleza, de paz. Entre arena, salitre y brisa del mar, las páginas volaban y mis sueños también.
Había algo trascendental en aquel ritual: coger un libro de la balda, sentir sus páginas desgastadas, su olor, su sabiduría, y mezclarlo con la crema de sol y la toalla en la bolsa de la playa.
Luego la vida me fue desconectando de esta realidad.
Mi madre voló a su cielo y yo me quedé atrapada en este mundo, el que se supone real.
No sé cómo ni por qué, pero volví a encontrarme con ella. Después de transitar por el submundo del sufrimiento, ella estaba allí para recoger los pedazos. Y al resurgir de las cenizas, del agotamiento cotidiano, de las dificultades de sentir y ver el mundo desde el prisma opuesto al resto del mundo, desde ahí, escribí.
Y esta es la historia de la niña que volvió a encontrar la llave de Wonderland, que volvió a sentirse Alice y que ya nunca volverá a sucumbir al gris de la cotidianidad.
Porque el pasado y el futuro están conectados
por ese hilo invisible que hace
que lo vivido necesite ser contado
y que lo que está por venir necesite ser esbozado.
Aran Luca de Tena
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