Puede que las paredes escuchen.
A veces parecen respirar con los recuerdos que guardan dentro.
Como si fueran grandes almacenes de palabras.
Puede que las paredes escuchen. A veces parecen respirar con los recuerdos que guardan dentro. Como si fueran grandes almacenes de palabras.
Hay paredes que tienen luz, que brillan. Que crean espacios de felicidad. Pensé que era por las palabras que ahí han resonado. Palabras dulces, risas, canciones...
Todo eso queda guardado, como si dentro de cada pared hubiera un gran cajón de recuerdos.
No son solo palabras. También hay música, carcajadas que resuenan, juegos que no quieren terminar, fiestas que alguna vez llenaron el aire de alegría.
Lo triste, pensé, es que lo mismo ocurre con las lágrimas, con los gritos, con los insultos, con las batallas. Todo eso también se queda ahí, pegado en su alma, pintando las paredes de gris como callejones olvidados en Gotham.
Quizá las paredes sean eso: almacenes de emociones, de sonidos y recuerdos, que permanecen atrapados para siempre, esperando pacientemente a que alguien los escuche y los libere.
Esperando a que llegue Alice, con su llave, para convertir cada rincón en un pedacito de Wonderland.